La adenosina y el metabolismo de alcohol

05th diciembre, 2018

Siguiendo con los estudios de la resaca, hoy presentamos el trabajo realizado por el equipo de Graeme Mason, profesor de radiología de diagnóstico, así como de psiquiatría en la Escuela de Medicina de la Universidad de Yale, que estudió a 14 bebedores, la mitad de ellos, con un elevado consumo de alcohol, hasta el punto de llegar a causar embriaguez en ocasiones. Estos bebedores consumían regularmente por lo menos ocho copas cada semana y por lo menos cuatro de ellas concentradas en un día. La otra mitad eran personas con un consumo moderado de alcohol, tomando como mucho dos copas por semana.

En estudios realizados en la Universidad de Yale de Estados Unidos, se ha descubierto que el cerebro de las personas que beben habitualmente grandes cantidades de alcohol tiene, el doble de capacidad para consumir una sustancia, el acetato, que puede aumentar los efectos nocivos del etanol, que las personas que beben pocas bebidas alcohólicas. Esta capacidad adicional también puede aumentar la vulnerabilidad a la dependencia del alcohol.

Los 14 sujetos recibieron ácido acético (también denominado acetato). Normalmente el cuerpo contiene muy poco acetato, pero cuando la persona consume bebidas alcohólicas, el hígado convierte el alcohol en acetato. La sustancia se libera en la sangre y llega al cerebro, que lo utiliza como combustible. Los investigadores encontraron que los cerebros de los bebedores habituales tenían el doble de capacidad para consumir el acetato que los de los bebedores moderados.

Normalmente, el cerebro utiliza el azúcar presente en la sangre como combustible, pero también puede utilizar otras sustancias como el acetato. Esta mayor capacidad crea una situación en la que los grandes bebedores pueden adaptarse mejor a la bebida por el uso elevado del acetato que hace su cerebro, haciendo ello más difícil reducir o abandonar por completo el consumo de alcohol.

Consumir una cantidad elevada de alcohol con el estómago vacío, puede disminuir rápidamente el azúcar presente en la sangre de una persona, y el ácido acético es capaz de compensar el combustible que deja de estar disponible para el cerebro, lo cual crea el incentivo para seguir bebiendo.

Las personas que habitualmente beben mucho alcohol tienen una capacidad aún mayor para conseguir esa energía extra. Los efectos del acetato en el cerebro, por consumo excesivo de alcohol, pueden promover la dependencia, porque si la gente deja de beber, no sólo pierde el alcohol, sino también el acetato. Si el cerebro se ha adaptado a tener esa sustancia en su entorno, el bebedor puede sufrir síntomas de abstinencia.

Realmente esto conduce a una situación peligrosa. El acetato como combustible para el cerebro puede no parecer un problema, pero el cerebro de los bebedores habituales puede adaptarse a esa fuente de energía y hacer más difícil reducir el consumo de alcohol o abandonarlo por completo. Esto encaja con los resultados de estudios previos que ya demostraron que el acetato proveniente del alcohol puede desplazar incluso una parte del consumo de azúcar por el cerebro.

Y lo que quizás es peor, la adaptación potencial también incrementa el riesgo de dependencia, pues cuando el cerebro utiliza acetato como combustible, crea otra sustancia llamada adenosina que causa sopor, además de dolor de cabeza, mareo, cefalea provocada por la luz, disnea, náuseas, molestias abdominales, sequedad de boca, pero la adaptación a esa adenosina extra puede también hacer más difícil el dejar de beber.

Los nuevos y reveladores datos sobre la química cerebral asociada al consumo de alcohol pueden ser útiles no sólo para conocer mejor el proceso de adicción, sino también para ayudar a idear posibles actuaciones terapéuticas que faciliten la desintoxicación por etanol.

En la investigación realizada por Graeme Mason han trabajado Lihong Jiang, Barbara Gulanski, Henk DeFeyter, Stuart Weinzimer, Brian Pittman, Elizabeth Guidone, Julia Koretski, Susan Harman, Ismene Petrakis, y John Krystal, todos de la Escuela de Medicina de la Universidad de Yale.

 

Dr. Ramón J. Hernández

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *